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Sunday, April 18, 2010
Thursday, February 25, 2010
Jardines errantes

No es fácil aceptar que las cosas son como son. Su conflicto me hace recordar otros, por los que yo o amigos míos han pasado. Todavía no conozco una tentativa amorosa que haya terminado bien. Acaso la esencia del amor consista en un breve choque y luego la separación, la muerte, o la lenta transformación del amor en odio mutuo. Al mismo tiempo, estoy seguro que las fuerzas que desencadena el amor - ¿o es él quien las libera? - y los recuerdos que nos hace entrever son los únicos bienes que tenemos sobre la tierra, el verdadero fuego - en el sentido prometeico -. Quizá fracasamos porque somos mortales -y porque, siéndolo, no nos resignamos a morir-. Pero no se sienta traicionado. Muchas veces yo he sentido lo mismo. Más tarde, he pensado que nadie nos traiciona -ni siquiera nosotros mismos (toda traición necesita, aunque parezca monstruoso, la complicidad del traicionado) - No, nadie nos traiciona -excepto nuestra naturaleza, nuestro ser, que no es capaz de resistir el fuego sin quemarse o sin degradarlo en odio-. A veces pienso que las religiones tienen razón (una razón de ser más profunda que la razón pensante) porque se fundan en el sacrificio. Si el amor es fuego, sólo puede devorar, quemar, cuando no rehusamos a su quemadura, quemamos a lo que amamos. Y de todas maneras se produce el sacrificio. Así, el amor - como todo lo que vale la pena- nos coloca ante una disyuntiva: o el sacrificio o la tortura de aquello que amamos...
fragmento de una carta de Octavio Paz dirigida a Jean Claude Lambert.
Ginebra 6 de Julio de 1953.
Thursday, September 10, 2009
La Mexicana
La mexicana simplemente no tiene voluntad. Su cuerpo duerme y sólo se enciende si alguien lo despierta. Nunca es pregunta, sino respuesta, materia fácil y vibrante que la imaginación y la sensualidad masculina esculpen. Frente a la actividad que despliegan las otras mujeres, que desean cautivar a los hombres a través de la agilidad de su espíritu o del movimiento de su cuerpo, la mexicana opone un cierto hieratismo, un resposo hecho al mismo tiempo de ESPERA Y DESDEN. El hombre revolotea a su alrededor, la festeja, la canta, hacer caracolear su caballo o su imaginación. Ella se vela en el recato y la inmovilidad. Es un ídolo. Como todos los ídolos es dueña de fuerzas magnéticas, cuya eficacia y poder crecen a medida que el foco emisor es más PASIVO Y SECRETO. Analogía cósmica: la mujer no busca, atrae. Y el centro de su atracción es su sexo, oculto, pasivo. Inmóvil sol secreto.
Máscaras Mexicanas. El Laberinto de la Soledad, Paz, Octavio. México 1950.
Friday, June 19, 2009
Reconciliación

Envidio y temo tu viaje a España. Durante años soñé en mi regreso, después, desistí. Sé que sin España mi reconciliación con la vida - o como quieras llamar a lo que nos pasa y que no es exactamente la vida - no sería completa. Esa reconciliación empezó aquí, hace unos años, en pleno destierro - destierro no de una tierra sino de la tierra. Primero fueron las noches - nunca había visto cielos como éstos - , los árboles, los pájaros. Aprendí a estar solo y a no tener miedo de los otros, de la muerte, del tiempo. Entonces encontré a Marie José - no antes sino después, cuando ya sabía que podía estar solo y que, por tanto, podía compartir, podría estar acompañado y ser compañia. Tout se tient.
No, yo no creo que el amor sea un fin - es un comienzo. ¿De qué? No lo sé aunque lo presiento: de nosotros mismos.
Fragmento de una carta dirigida a Tomás Segovia. Delhi 1965.
Octavio Paz.
Monday, May 11, 2009
Los Diálogos Amorosos

Los diálogos amorosos muestran el mismo carácter. Los amantes se "quitan las palabras de la boca". Todo coincide: pausas y exclamaciones, risas y silencios. El diálogo es más que un acuerdo: es un acorde. Y los enamorados mismos se sienten como dos rimas felices, pronunciadas por una boca invisible.
Fragmento: El arco y la lira.
Octavio Paz
Monday, May 4, 2009
Mejor el crimen

Mejor el crimen,
los amantes suicidas, el incesto
de los hermanos como dos espejos
enamorados de su semejanza
mejor comer el pan envenando,
el adulterio en lechos de ceniza,
los amores feroces, el delirio,
su yedra ponzoñosa, el sodomita
que lleva por clavel en la solapa
un gargajo, mejor ser lapidado
en las plazas, que dar vuelta a la noria
que exprime la substancia de la vida
cambia la eternidad en horas huecas,
los minutos en cárceles, el tiempo
en monedas de cobre y mierda abstracta
Fragmento Piedra de Sol.
Octavio Paz
Tuesday, April 7, 2009
Thursday, February 19, 2009
Apéndice: La dialéctica de la soledad

El hombre tampoco puede elegir. El círculo de sus posibilidades es muy reducido. Niño, descubre la feminidad en la madre o en las hermanas. Y desde entonces el amor se identifica con lo prohibido. Nuestro erotismo está condicionado por el horror y la atracción del incesto. Por otra parte, la vida moderna estimula innecesariamente nuestra sensualidad, al mismo tiempo que la inhibe con toda clase de interdicciones de clase, de moral y hasta de higiene. La culpa es la espuela y el freno del deseo. Todo limita nuestra elección. Estamos constreñidos a someter nuestras aficiones profundas a la imagen femenina que nuestro círculo social nos impone. Es difícil amar a personas de otra raza, de otra lengua o de otra clase, a pesar de que no sea imposible que el rubio prefiera a las negras y éstas a los chinos, ni que el señor se enamore de su criada o a la inversa. Semejantes posibilidades nos hacen enrojecer. Incapaces de elegir, seleccionamos a nuestra esposa entre las mujeres que nos "convienen". Jamás confesaremos que nos hemos unido a veces para siempre con una mujer que acaso no amamos y que, aunque nos ame, es incapaz de salir de sí misma y mostrarse tal cual es. La frase de Swan: "Y pensar que he perdido los mejores años de mi vida con una mujer que no era mi tipo", la pueden repetir, a la hora de su muerte, la mayor parte de los hombres modernos. Y las mujeres.
Octavio Paz.
Friday, February 6, 2009
Olvido

Cierra los ojos y a oscuras piérdete
bajo el follaje rojo de tus párpados.
Húndete en esas espirales
del sonido que zumba y cae
y suena allí, remoto,
hacia el sitio del tímpano,
como una catarata ensordecida.
Hunde tu ser a oscuras,
anégate la piel,
y más, en tus entrañas;
que te deslumbre y ciegue
el hueso, lívida centella,
y entre simas y golfos de tiniebla
abra su azul penacho al fuego fatuo.
En esa sombra líquida del sueño
moja tu desnudez;
abandona tu forma, espuma
que no sabe quien dejó en la orilla;
piérdete en ti, infinita,
en tu infinito ser,
ser que se pierde en otro mar:
olvídate y olvídame.
En ese olvido sin edad ni fondo,
labios, besos, amor, todo renace:
las estrellas son hijas de la noche.
Octavio Paz
Monday, December 15, 2008
Cuerpo a la vista
Sunday, October 26, 2008
Vigilias II

La mujer es la forma visible del mundo. Ella nos lo hace transparente, agudo, ferozmente lúcido. Lo reconocemos en su dulce avidez, en la ceguera terrible de sus entrañas, en el mover de sus miembros, su cuerpo todo, en un aire pesado y profundo: el aire de los primeros días. Ayer me sentía envuelto en tu atmósfera ardiente, y tu pelo nublaba, con una dorada pereza de cielo que se quema, sangre y ojos. Yo estaba desnudo, en la noche, junto a un gran árbol, muro del mundo. Y crecían de mi carne un gran silencio y un vaho poderoso. Y tu crecías de mí ¡Inocencia! Estábamos en el límite del mundo, en la frontera más sensible del globo, mudos; entonces entendí cómo son vanos toda lengua y todo hablar. Estábamos sobre la tierra y tú eras una alta flor nocturna, blanca, que atravesaba la noche como música transparente y líquida de una flauta. Desnudos. En el amor nos despojamos de todo, de las alas y de las palabras; su desnudez ligereza, que aire, cielo y agua. Esta es la poesía del principio, la poesía de la inmovilidad: nace la danza y nace el hombre, el hombrecillo el pensador. Pero estar callados, inmóviles, y oír cómo golpea la sangre, cómo golpean los ciegos minerales, cómo golpea la luz, y cómo contesta el pecho henchido al golpe del planeta que crece, es ser, anónimos, impersonales, eternos otra vez.
¿Quién conocerá los límites de la muerte? ¿Quién los del amor? ¿Qué línea, qué estrella los separa? Sus aguas se juntan en un solo sitio, más allá de todo tiempo; se confunden, se mezclan, y siempre, a través del amor, como una secreta e invisible presencia, escuchamos, palpamos la muerte. Ella es el contendio de todo amor y la única, asoladora paz. Pero la muerte no es el fin del amor, sino su condición, su entraña, y exigencia: la muerte sólo vive del amor y él sólo de ella. ¿Quién, al amar, no siente morir, ya como abandono, ya como avidez?
El amor nos sepulta en la nada; por él sabemos del vacío de la extinción de lo humano consciente en el terrible, inacabable fluir de la muerte. En el tumulto de la carne escuchamos siempre el poderoso silencio de los huesos y del morir que representan.
México 1935.
Octavio Paz.
¿Quién conocerá los límites de la muerte? ¿Quién los del amor? ¿Qué línea, qué estrella los separa? Sus aguas se juntan en un solo sitio, más allá de todo tiempo; se confunden, se mezclan, y siempre, a través del amor, como una secreta e invisible presencia, escuchamos, palpamos la muerte. Ella es el contendio de todo amor y la única, asoladora paz. Pero la muerte no es el fin del amor, sino su condición, su entraña, y exigencia: la muerte sólo vive del amor y él sólo de ella. ¿Quién, al amar, no siente morir, ya como abandono, ya como avidez?
El amor nos sepulta en la nada; por él sabemos del vacío de la extinción de lo humano consciente en el terrible, inacabable fluir de la muerte. En el tumulto de la carne escuchamos siempre el poderoso silencio de los huesos y del morir que representan.
México 1935.
Octavio Paz.
Vigilias I

Pienso en la insatisfacción, verdadera amargura, que nos embarga después de todo intento de integración en la naturaleza no es más que el castigo de nuestra avidez. No estamos hechos para vivir en ella, como ella, sino con ella. El mundo se nos presenta como una forma, como un sutil equilibrio, o, desequilibrio de proporciones; pero nosotros no podemos vivir en su desnuda sencillez: queremos que signifique algo, que deje de ser una presencia, y se convierta en una representación. Que represente algo, no el puro movimiento o la sola inmovilidad sino un proceso - un progreso - o una eternidad. Vemos a la belleza, al mundo objetivo, con ojos fenicios. Tal es la doctrina del fin de la vida, del objeto de moverse en el cosmos, tan fielmente retratada en la gaya ciencia. Pero esta exigencia se nos aparece como una necesidad del hombre; consiste, en el fondo, en un deseo de seguridad, no en una desinteresada comprensión. Y esto es lo que nos impide ser formas, dichosas e ignorantes, en el mundo de las formas.
Somos, para siempre, los descontentos del universo. Los que siempre pedimos más. Jamás entenderemos su simplicidad y su fuerza, porque cuando lo intentamos lo reducimos a una seco, trunco sistema. ¡Qué alegre, abandonada desesperación será la que nos hunda en el fluir de las cosas, en el sueño de las raíces, en el clamor oprimido de las aguas! ¡Más allá de todo lo humano, en donde la sangre corre, ignorante de sí, bañando huesos ciegos, músculos hermosos! Y eso es la muerte, la reintegración al mundo de la célula, a la inmovilidad del polvo y a la oscuridad de los ríos.
México 1935.
Octavio Paz.
Somos, para siempre, los descontentos del universo. Los que siempre pedimos más. Jamás entenderemos su simplicidad y su fuerza, porque cuando lo intentamos lo reducimos a una seco, trunco sistema. ¡Qué alegre, abandonada desesperación será la que nos hunda en el fluir de las cosas, en el sueño de las raíces, en el clamor oprimido de las aguas! ¡Más allá de todo lo humano, en donde la sangre corre, ignorante de sí, bañando huesos ciegos, músculos hermosos! Y eso es la muerte, la reintegración al mundo de la célula, a la inmovilidad del polvo y a la oscuridad de los ríos.
México 1935.
Octavio Paz.
Sunday, October 19, 2008
Paz y París.

En 1951 vivía en París. Ocupaba un empleo modesto en la embajada de México. Había llegado hacía seis años, en diciembre de 1945; la medianía de mi posición explica que no se me hubiese enviado, al cabo de dos o tres años, como es la costumbre diplomática, a un puesto en otra ciudad. Mis superiores se habían olvidado de mí y yo, en mi interior, se los agradecía. Trataba de escribir y, sobre todo, exploraba esa ciudad que es tal vez el ejemplo más hermoso del genio de nuestra civilización: sólida sin pesadez, grande sin gigantismo, atada a la tierra pero con voluntad de vuelo. Una ciudad en donde la mesura rige con el mismo imperio, suave e inquebrantable, los excesos del cuerpo y los de la cabeza. En sus momentos más afortunados una plaza, una avenida, un conjunto de edificios, la tensión que la habita se resuelve en armonía. Placer para los ojos y para la mente. Exploración y reconocimiento: en mis paseos y caminatas descubría lugares y barrios desconocidos pero también reconocía otros, no vistos sino leídos en novelas y poemas. París era, para mí, una ciudad, más que inventada, reconstruida por la memoria y por la imaginación. Frecuentaba a unos pocos amigos y amigas franceses y de otras partes, en sus casas y, sobre todo, en cafés y bares. En París, como en otras ciudades latinas, se vive más en las calles que en las casas. Me unían a mis amigos afinidades artísticas e intelectuales. Vivía inmerso en la vida literaria de aquellos días, mezclada a ruidosos debates filosóficos y políticos. Pero mi secreta idea fija era la poesía: escribirla, pensarla, vivirla. Agitado por muchos pensamientos, emociones y sentimientos contrarios, vivía tan intensamente cada momento que nunca se me ocurrió que aquel género de vida pudiera cambiar. El futuro, es decir: lo inesperado, se había esfumado casi totalmente.
Friday, September 12, 2008
El "entre" de Villaurrutia

El entre no es un espacio sino lo que está entre un espacio y otro; tampoco es tiempo sino el momento que parpadea entre el antes y el después. El entre no está aquí ni es ahora. El entre no tiene cuerpo ni substancia. Su reino es el pueblo fantasmal de las antinomias y las paradojas. El entre dura lo que dura el relámpago. A su luz el hombre puede verse como el arco instantáneo que une al esto y al aquello sin unirlos realmente y sin ser ni el uno ni el otro o siendo ambos al mismo tiempo sin ser ninguno. El hombre: dormido despierto, llama fría, copo de sombra, eternidad puntual... El estado intermedio, que no es ni esto ni aquello pero que está entre esto y aquello, entre lo racional y lo irracional, la noche y el día, la vigilia y el sueño, la vida y la muerte ¿qué es?
El estado intermedio, en la poesía de Villaurrutia, designa un momento de extrema atención en el centro del abandono también más extremo: dormir con los ojos abiertos, ver con los ojos cerrados. El estado intermedio tiene otro nombre: agonía. También se llama: duda. ¿De que? Duda de ser pero también de no ser. El poeta duda, se mira en un espejo, se percibe como un reflejo, se ahoga en un resplandor. La duda es agonía: muerte y resurrección en un minuto largo como la creación, la destrucción de los mundos. El poeta es un fantasma y el eco de su grito al golpear contra el muro es un puño que golpea un pecho desierto, una página en blanco, un espejo empañado que se abre hacia una galería de ecos. No metáforas: visiones instantáneas del hombre entre las presencias y las ausencias. El entre: el hueco. Pausa universal, vacilación de las cosas entre lo que son y lo que van a ser.
El entre es el pliegue universal. El doblez que, al desdoblarse, revela no la unidad sino la dualidad, no la esencia sino la contradicción. El pliegue esconde entre sus hojas cerradas las dos caras del ser; el pliegue, al descubrir lo que oculta esconde lo que descubre; el pliegue al abrir sus dos alas, las cierra; el pliegue dice No cada vez que dice Sí; el pliegue es su dobles: su doble, su asesino, su complemento. El pliegue es lo que une a los opuestos sin jamás fundirlos, a igual distancia de la unidad y de la pluralidad. En la topología poética, la figura geométrica del pliegue representa al entre del lenguaje: al monstruo semántico que no es ni esto ni aquello, oscilación idéntica a la inmovilidad, vaivén congelado. El pleigue, al despelgarse, es el salto detenido antes de tocar la tierra ¿y al replegarse? El pliegue y el entre son dos de las formas que asume la pregunta que no tiene respuesta. La poesía de Villaurrutia se repliega en esa pregunta y se despliega entre las oposiciones que la sustentan:
¿Quién medirá el espacio, quén me dirá el momento
en que se funda el hielo de mi cuerpo y consuma
el corazón inmóvil como la llama fría?
X.Villaurrutia.
Octavio Paz.
Thursday, August 7, 2008
Amor y Poesía marginales

¿Podría usted dar una respuesta a la pregunta que hace en el laberinto: ¿Qué es lo que da sentido a nuestra presencia en la tierra? Por otra parte, ¿Ha encontrado México esa "forma" que desde hace siglos busca y combate a la vez?
OP: Comenzaré por la segunda pregunta: México no ha encontrado esa "forma". En el zapatismo había probablemente el gérmen de la respuesta. Pero otra vez se han superpuesto formas externas a nuestra realidad y se han aplastado a los gérmenes de salud que había en la revuelta zapatista. Evidentemente, en el campo de la creación poética y literaria sí, ahí hay expresiones que me devuelven la fe en la originalidad de México. En cuanto a saber "lo que da sentido a nuestra presencia en la tierra": me reconozco hombre no en la respuesta que podría dar ahora a esta pregunta sino en la pregunta misma. Esa pregunta, repetida desde el principio, desde Babilonia y aun antes, es lo que da sentido a nuestros afanes terrestres. No hay sentido, hay búsqueda del sentido.
En el último capítulo del libro, usted afirma que en nuestro mundo el amor y la poesía son forzosamente marginales. ¿Sigue usted pensando que hay una oposición entre historia y poesía?
OP: Creo que hay una oposición fundamental entre lo que yo llamo la realidad real y la otra realidad. Hay una frase de Marx que luis buñuel pensó en utilizar como subtitulo de su película "La Edad de Oro". Usted sabe que el tema de esa película es la suerte del amor en el mundo moderno. La frase de Marx es, en español. un alejandrino perfecto: En las aguas heladas del cálculo egoísta. Eso es la sociedad. Por eso el amor y la poesía son marginales.
Sunday, July 13, 2008
La Llama Doble.

Fragmento de "La Llama Doble"
La quinta nota distintiva de nuestra idea del amor consiste, como en el caso de las otras, en la unión indisoluble de dos contrarios, el cuerpo y el alma. Nuestra tradición, desde Platón, ha exaltado al alma y ha menospreciado al cuerpo. Frente a ella y desde sus orígenes, el amor ha ennoblecido el cuerpo: sin atracción física, carnal, no hay amor. Ahora asistimos a una reversión radicalmente opuesta al platonismo: nuestra época niega al alma y reduce el espíritu humano a un reflejo de las funciones corporales. Así ha minado en su centro mismo a la noción de persona, doble herencia del cristianismo y la filosofía griega. La noción de alma constituye a la persona y, sin persona, el amor regresa al mero erotismo. Más adelante volveré sobre el ocaso de la noción de persona en nuestras sociedades; por ahora, me limito a decir que ha sido el principal responsable de los desastres políticos del siglo XX y del envilecimiento general de nuestra civilización. Hay una conexión íntima y causal, necesaria, entre las nociones de alma, persona, derechos humanos y amor. Sin la creencia en un alma inmortal insperable de un cupero mortal, no habría podido nacer el amor único ni su consecuencia: la transformación del objeto deseado en sujeto deseante. En suma, el amor exige como condición previa la noción de persona y ésta la de un alma encarnada en un cuerpo.
La palabra persona es de origen etrusco y designaba en Roma a la máscara del actor teatral. ¿Qué hay detrás de la máscara, qué es aquello que anima al personaje? El espíritu humano, el alma, o ánima. La persona es un ser compuesto de un alma y un cuerpo. Aquí aparece otra y gran paradoja del amor, tal vez la central, su nudo trágico: amamos simultáneamente un cuerpo mortal, sujeto al tiempo y sus accidentes,y un alma inmortal. El amante ama por igual al cuerpo y al alma. Incluso puede decirse que, si no fuera por la atracción hacia el cuerpo, el enamorado no podría amar al alma que lo anima. Para el amante el cuerpo deseado es alma; por esto le habla con un lenguaje del más allá del lenguaje pero que es perfectamente comprensible, no con la razón, sino con el cuerpo, con la piel. A su vez el alma es palpable: la podemos tocar y su soplo refresca nuestros párpados o calienta nuesta nuca. Todos los enamorados han sentido esta transposición de lo corporal a lo espiritual y viceversa. Todos lo sabencon un saber rebelde a la tazón y al lenguaje. Algunos poetas lo han dicho:
...her pure and eloquent blood
Spoke in her cheeks, and so distinctly wrought
That one might almost say, her body thought.
Al ver en el cuerpo los atributos del alma, los enamorados incurren en una herejía que reprueban por igual los cristianos y los platónicos. Así, no es extraño que haya sido considerado como un extravío e incluso como una locura: el loco amor de los poetas medievales. El amor es loco porque encierra a los amantes en una contradicción insoluble. Para la tradición platónica, el ama vive prisionera en el cuerpo; para el cristianismo, venimos a este mundo sólo una vez y sólo para salvar nuestra alma. En uno y otro caso hay oposición entre alma y cuerpo, aunque el cristianismo la haya atenuado con el dogma de la resurrección de la carne, y la doctrina de los cuerpos gloriosos. Pero el amor es una transgresión tanto de la tradición platónica como de la cristiana. Traslada al cuerpo los atributos del alma y éste deja de ser una prisión. El amante ama al cuerpo como si fuese alma y al alma como si fuese cuerpo. El amor mezcla la tierra con el cielo: es la gran subversión. Cada vez que el amante dice: te amo para siempre. confiere a una criatura efímera y cambiante dos atributos divinos: la inmortalidad y la inmutabilidad. La contradicción es en verdad trágica: la carne se corrompe, nuestros días están contados. No obstante, amamos. Y amamos con el cuerpo y con el alma, en cuerpo y alma.
Esta descripción de los cinco elementos constitutivos de nuestra imágen del amor, que por más somera que haya sido, me parece que revela su naturaleza contradictoria, paradójica y misteriosa. Mencioné a cinco rasgos distintivos; en realidad , como se ha visto, pueden reducirse a tres: la exclusividad, que es amor a una sola persona; la atracción, que es la fatalidad libremente asumida; la persona, que es alma y cuerpo. El amor está compuesto de contrarios pero que no pueden separarse y que viven sin cesar en lucha y reunión con ellos mismos y con los otros. Estos contrarios, como si fuesen los planeta del extraño sistema solar de las pasiones, giran en torno a un sol único. Este sol también es doble: la pareja. Continua transmutación de cada elemento: la libertad escoge la servidumbre, la fatalidad se transforma en elección voluntaria, el alma es cuerpo y el cuerpo es alma. Amamos a un ser mortal como si fuese inmortal. Lope lo dijo mejor: a lo que es temporal llamar eterno. Sí, somos mortales, somos hijos del tiempo y nadie se salva de la muerte. No sólo sabemos que vamos a morir sino que la persona que amamos también morirá. Somos los juguetes del tiempo y de sus accidentes: la enfermedad y la vejez, que desfiguran el cuerpo y extravían el alma. Pero el amor es una de las respuestas que el hombre ha inventado para mirar de frente a la muerte. Por el amor le robamos al tiempo que nos mata unas cuantas horas que transformamos a veces en paraíso y otras en infierno. De ambas maneras el tiempo se distiende y deja de ser una medida. Más alla de la felicidad o infelicidad, aunque sea las dos cosas, el amor es intensidad; no nos regala la eternidad sino la vivacidad, ese minuto en el que se entreabren las puertas del tiempo y del espacio; aquí es allá y ahora es siempre. En el amor todo es dos y todo tiende a ser uno.
CONTINUA OCTAVIO PAZ EN UN FRAGMENTO POSTERIOR:
Tal vez el error de Hegel y de sus discípulos consistió en buscar una solución histórica, es decir, temporal, a la desdicha de la historia y a sus consecuencias: la escisión y la alienación. El calvario de la historia, como él llamaba al proceso histórico, está recorrido por un Cristo que cambia sin cesar de rostro y de nombre pero que siempre es el mismo: el hombre. Es el mismo pero jamás está en sí mismo: es tiempo y el tiempo es constante separación de sí. Se puede refutar la existencia del tiempo y reputarlo una ilusión. Esto fue lo que hicieron los budistas. Sin embargo, no pudieron substraerse a sus consecuencias: la rueda de la reencarnación y el karma, la culpa del pasado que nos empuja sin cesar a vivir. Podermos negar al tiempo, no escapar de su abrazo. El tiempo es continua escisión y no descansa nunca: se reproduce y se multiplica al separarse de si mismo. La escisión no se cura con tiempo sino con algo o con alguien que sea no-tiempo.
Cada minuto es el cuchillo de la separación: ¿cómo confiarle nuestra vida al cuchillo que nos deguella? El remedio está en encontrar un bálsamo que cicatrice para siempre esa continua herida que nos infligen las horas y los minutos. Desde que apareció sobre la tierra- sea porque haya sido expulsado del paraíso o porque es un momento de la evolución universal de la vida- el hombre es un ser incompleto. Apenas nace y se fuga de sí mismo. ¿A dónde va? Anda en busca de sí mismo y se persigue sin cesar. Nunca es el que es sino el que quiere ser, el que se busca; en cuanto se alcanza, o cree que se alcanza, se desprende de nuevo de sí, se desaloja, y prosigue su persecución. Es el hijo del tiempo. Y más: el tiempo es su ser y su enfermedad constitucional. Su curación no puede estar sino fuera del tiempo. ¿Y si no hubiese nada ni nadie más alla del tiempo? Entonces el hombre estaría condenado y tendría que aprender a vivir cara a esta terrible verdad. El bálsamo que cicatriza la herida del tiempo se llama religión; el saber que nos llevar a convivir con nuestra herida se llama filosofía.
¿No hay salida? Sí la hay: en algunos momentos el tiempo se entreabre y nos deja ver el otro lado. Estos instantes son experiencias de la conjunción del sujeto y del objeto, del yo soy y el tú eres, del ahora y el siempre, el allá y el aquí. No son reducibles a conceptos y sólo podemos aludir a ellas con paradojas y con las imágenes de la poesía. Una de estas experiencias es el amor, en la que la sensación se une al sentimiento y ambas al espíritu. Es la experiencia de la total extrañeza: estamos fuera de nosotros, lanzados hacia la persona amada; y es la experiencia del regreso al origen, a ese lugar que no está en el espacio y que es nuestra patria original. La persona amada es. a un tiempo, tierra incógnita y casa natal, la desconocida y la reconocida. Sobre esto es útil citar, más que a los poeta o a los místicos, precisamente a un filósofo como Hegel, gran maestro de las oposiciones y las negaciones. En uno de sus escritos de juventud dice: "El amor excluye todas las oposiciones y de ahí que escape al dominio de la razón, anula la objetividad y así va mas allá de la reflexión" En el amor la vida se descubre en ella misma ya exenta de cualquiera incompletuda. El amor suprime esa escisión. ¿Para siempre? Hegel no lo dice pero probablemente en su juventud lo creyó. Incluso puede decirse que toda su filosofía y especialmente la misión que atribuye a la dialéctica -lógica químerica- no es sino una gigantezca traducción de esta visión juvenil del amor al lenguaje conceptual de la razón.
En el mismo texto de Hegel percibe con extraordinaria penetración la gran y trágica paradoja que funda el amor "los amantes no pueden separarse sino en la medida en que son mortales o cuando reflexionan sobre la posibilidad de morir.". En efecto, la muerte es la fuerza de gravedad del amor. El impulso amoroso nos arranca de la tierra y del aquí; la conciencia de la muerte nos hace volver: somos ortales, estamos hechos de tierrra y tenemos que volver a ella. Me atrevo a decir algo más. El amor es vida plena, unida a sí misma: lo contrario de la separación. En la sensación del abrazo carnal, la unión de la pareja se hace sentimiento y éste, a su vez, se transforma en conciencia: el amor es el descubrimiento de la unidad de la vida. En ese instante, la unidad compacta se rompe en dos y el tiempo reaparece: es un gran hoyo que nos traga. La doble faz de la sexualidad reaparece en el amor: el sentimiento intenso de la vida es indistinguible del sentimiento no menos poderoso de la extinción del apetito vital, la subida es caída y la extrema tensión, destensión. Así pues, la fusión total implica la aceptación de la muerte. Sin la muerte, la vida- la nuestra, la terreste- no es vida. El amor no vence a la muerte pero la integra en la vida. La muerte de la persona querida confirma nuestra condena: somos tiempo, nada dura y vivir es un continuo separarse; al mismo tiempo, en la muerte cesan el tiempo y la separación regresamos a la indistinción del principio, a ese estado que entrevemos en la cópula carnal. El amor es un regreso a la muerte, al lugar de reunión. La muerte es la madre universal. Mezlcaré tus huesos con los míos, le dice Cintia a su amante. Acepto que las palabras de Cintia no pueden satisfacer a los cristianos ni a todos los que creen en otra vida después de la mierte. Sin embargo ¿Qué habría dicho Francesca si alguien hubiese ofrecido salvarla pero sin Paolo? Creo que habría contestado: escoger el cielo para mí y el infierno para mi amado es escoger al infierno, condenarse dos veces.
Octavio Paz, La llama doble, Mèxico 1994.
La quinta nota distintiva de nuestra idea del amor consiste, como en el caso de las otras, en la unión indisoluble de dos contrarios, el cuerpo y el alma. Nuestra tradición, desde Platón, ha exaltado al alma y ha menospreciado al cuerpo. Frente a ella y desde sus orígenes, el amor ha ennoblecido el cuerpo: sin atracción física, carnal, no hay amor. Ahora asistimos a una reversión radicalmente opuesta al platonismo: nuestra época niega al alma y reduce el espíritu humano a un reflejo de las funciones corporales. Así ha minado en su centro mismo a la noción de persona, doble herencia del cristianismo y la filosofía griega. La noción de alma constituye a la persona y, sin persona, el amor regresa al mero erotismo. Más adelante volveré sobre el ocaso de la noción de persona en nuestras sociedades; por ahora, me limito a decir que ha sido el principal responsable de los desastres políticos del siglo XX y del envilecimiento general de nuestra civilización. Hay una conexión íntima y causal, necesaria, entre las nociones de alma, persona, derechos humanos y amor. Sin la creencia en un alma inmortal insperable de un cupero mortal, no habría podido nacer el amor único ni su consecuencia: la transformación del objeto deseado en sujeto deseante. En suma, el amor exige como condición previa la noción de persona y ésta la de un alma encarnada en un cuerpo.
La palabra persona es de origen etrusco y designaba en Roma a la máscara del actor teatral. ¿Qué hay detrás de la máscara, qué es aquello que anima al personaje? El espíritu humano, el alma, o ánima. La persona es un ser compuesto de un alma y un cuerpo. Aquí aparece otra y gran paradoja del amor, tal vez la central, su nudo trágico: amamos simultáneamente un cuerpo mortal, sujeto al tiempo y sus accidentes,y un alma inmortal. El amante ama por igual al cuerpo y al alma. Incluso puede decirse que, si no fuera por la atracción hacia el cuerpo, el enamorado no podría amar al alma que lo anima. Para el amante el cuerpo deseado es alma; por esto le habla con un lenguaje del más allá del lenguaje pero que es perfectamente comprensible, no con la razón, sino con el cuerpo, con la piel. A su vez el alma es palpable: la podemos tocar y su soplo refresca nuestros párpados o calienta nuesta nuca. Todos los enamorados han sentido esta transposición de lo corporal a lo espiritual y viceversa. Todos lo sabencon un saber rebelde a la tazón y al lenguaje. Algunos poetas lo han dicho:
...her pure and eloquent blood
Spoke in her cheeks, and so distinctly wrought
That one might almost say, her body thought.
Al ver en el cuerpo los atributos del alma, los enamorados incurren en una herejía que reprueban por igual los cristianos y los platónicos. Así, no es extraño que haya sido considerado como un extravío e incluso como una locura: el loco amor de los poetas medievales. El amor es loco porque encierra a los amantes en una contradicción insoluble. Para la tradición platónica, el ama vive prisionera en el cuerpo; para el cristianismo, venimos a este mundo sólo una vez y sólo para salvar nuestra alma. En uno y otro caso hay oposición entre alma y cuerpo, aunque el cristianismo la haya atenuado con el dogma de la resurrección de la carne, y la doctrina de los cuerpos gloriosos. Pero el amor es una transgresión tanto de la tradición platónica como de la cristiana. Traslada al cuerpo los atributos del alma y éste deja de ser una prisión. El amante ama al cuerpo como si fuese alma y al alma como si fuese cuerpo. El amor mezcla la tierra con el cielo: es la gran subversión. Cada vez que el amante dice: te amo para siempre. confiere a una criatura efímera y cambiante dos atributos divinos: la inmortalidad y la inmutabilidad. La contradicción es en verdad trágica: la carne se corrompe, nuestros días están contados. No obstante, amamos. Y amamos con el cuerpo y con el alma, en cuerpo y alma.
Esta descripción de los cinco elementos constitutivos de nuestra imágen del amor, que por más somera que haya sido, me parece que revela su naturaleza contradictoria, paradójica y misteriosa. Mencioné a cinco rasgos distintivos; en realidad , como se ha visto, pueden reducirse a tres: la exclusividad, que es amor a una sola persona; la atracción, que es la fatalidad libremente asumida; la persona, que es alma y cuerpo. El amor está compuesto de contrarios pero que no pueden separarse y que viven sin cesar en lucha y reunión con ellos mismos y con los otros. Estos contrarios, como si fuesen los planeta del extraño sistema solar de las pasiones, giran en torno a un sol único. Este sol también es doble: la pareja. Continua transmutación de cada elemento: la libertad escoge la servidumbre, la fatalidad se transforma en elección voluntaria, el alma es cuerpo y el cuerpo es alma. Amamos a un ser mortal como si fuese inmortal. Lope lo dijo mejor: a lo que es temporal llamar eterno. Sí, somos mortales, somos hijos del tiempo y nadie se salva de la muerte. No sólo sabemos que vamos a morir sino que la persona que amamos también morirá. Somos los juguetes del tiempo y de sus accidentes: la enfermedad y la vejez, que desfiguran el cuerpo y extravían el alma. Pero el amor es una de las respuestas que el hombre ha inventado para mirar de frente a la muerte. Por el amor le robamos al tiempo que nos mata unas cuantas horas que transformamos a veces en paraíso y otras en infierno. De ambas maneras el tiempo se distiende y deja de ser una medida. Más alla de la felicidad o infelicidad, aunque sea las dos cosas, el amor es intensidad; no nos regala la eternidad sino la vivacidad, ese minuto en el que se entreabren las puertas del tiempo y del espacio; aquí es allá y ahora es siempre. En el amor todo es dos y todo tiende a ser uno.
CONTINUA OCTAVIO PAZ EN UN FRAGMENTO POSTERIOR:
Tal vez el error de Hegel y de sus discípulos consistió en buscar una solución histórica, es decir, temporal, a la desdicha de la historia y a sus consecuencias: la escisión y la alienación. El calvario de la historia, como él llamaba al proceso histórico, está recorrido por un Cristo que cambia sin cesar de rostro y de nombre pero que siempre es el mismo: el hombre. Es el mismo pero jamás está en sí mismo: es tiempo y el tiempo es constante separación de sí. Se puede refutar la existencia del tiempo y reputarlo una ilusión. Esto fue lo que hicieron los budistas. Sin embargo, no pudieron substraerse a sus consecuencias: la rueda de la reencarnación y el karma, la culpa del pasado que nos empuja sin cesar a vivir. Podermos negar al tiempo, no escapar de su abrazo. El tiempo es continua escisión y no descansa nunca: se reproduce y se multiplica al separarse de si mismo. La escisión no se cura con tiempo sino con algo o con alguien que sea no-tiempo.
Cada minuto es el cuchillo de la separación: ¿cómo confiarle nuestra vida al cuchillo que nos deguella? El remedio está en encontrar un bálsamo que cicatrice para siempre esa continua herida que nos infligen las horas y los minutos. Desde que apareció sobre la tierra- sea porque haya sido expulsado del paraíso o porque es un momento de la evolución universal de la vida- el hombre es un ser incompleto. Apenas nace y se fuga de sí mismo. ¿A dónde va? Anda en busca de sí mismo y se persigue sin cesar. Nunca es el que es sino el que quiere ser, el que se busca; en cuanto se alcanza, o cree que se alcanza, se desprende de nuevo de sí, se desaloja, y prosigue su persecución. Es el hijo del tiempo. Y más: el tiempo es su ser y su enfermedad constitucional. Su curación no puede estar sino fuera del tiempo. ¿Y si no hubiese nada ni nadie más alla del tiempo? Entonces el hombre estaría condenado y tendría que aprender a vivir cara a esta terrible verdad. El bálsamo que cicatriza la herida del tiempo se llama religión; el saber que nos llevar a convivir con nuestra herida se llama filosofía.
¿No hay salida? Sí la hay: en algunos momentos el tiempo se entreabre y nos deja ver el otro lado. Estos instantes son experiencias de la conjunción del sujeto y del objeto, del yo soy y el tú eres, del ahora y el siempre, el allá y el aquí. No son reducibles a conceptos y sólo podemos aludir a ellas con paradojas y con las imágenes de la poesía. Una de estas experiencias es el amor, en la que la sensación se une al sentimiento y ambas al espíritu. Es la experiencia de la total extrañeza: estamos fuera de nosotros, lanzados hacia la persona amada; y es la experiencia del regreso al origen, a ese lugar que no está en el espacio y que es nuestra patria original. La persona amada es. a un tiempo, tierra incógnita y casa natal, la desconocida y la reconocida. Sobre esto es útil citar, más que a los poeta o a los místicos, precisamente a un filósofo como Hegel, gran maestro de las oposiciones y las negaciones. En uno de sus escritos de juventud dice: "El amor excluye todas las oposiciones y de ahí que escape al dominio de la razón, anula la objetividad y así va mas allá de la reflexión" En el amor la vida se descubre en ella misma ya exenta de cualquiera incompletuda. El amor suprime esa escisión. ¿Para siempre? Hegel no lo dice pero probablemente en su juventud lo creyó. Incluso puede decirse que toda su filosofía y especialmente la misión que atribuye a la dialéctica -lógica químerica- no es sino una gigantezca traducción de esta visión juvenil del amor al lenguaje conceptual de la razón.
En el mismo texto de Hegel percibe con extraordinaria penetración la gran y trágica paradoja que funda el amor "los amantes no pueden separarse sino en la medida en que son mortales o cuando reflexionan sobre la posibilidad de morir.". En efecto, la muerte es la fuerza de gravedad del amor. El impulso amoroso nos arranca de la tierra y del aquí; la conciencia de la muerte nos hace volver: somos ortales, estamos hechos de tierrra y tenemos que volver a ella. Me atrevo a decir algo más. El amor es vida plena, unida a sí misma: lo contrario de la separación. En la sensación del abrazo carnal, la unión de la pareja se hace sentimiento y éste, a su vez, se transforma en conciencia: el amor es el descubrimiento de la unidad de la vida. En ese instante, la unidad compacta se rompe en dos y el tiempo reaparece: es un gran hoyo que nos traga. La doble faz de la sexualidad reaparece en el amor: el sentimiento intenso de la vida es indistinguible del sentimiento no menos poderoso de la extinción del apetito vital, la subida es caída y la extrema tensión, destensión. Así pues, la fusión total implica la aceptación de la muerte. Sin la muerte, la vida- la nuestra, la terreste- no es vida. El amor no vence a la muerte pero la integra en la vida. La muerte de la persona querida confirma nuestra condena: somos tiempo, nada dura y vivir es un continuo separarse; al mismo tiempo, en la muerte cesan el tiempo y la separación regresamos a la indistinción del principio, a ese estado que entrevemos en la cópula carnal. El amor es un regreso a la muerte, al lugar de reunión. La muerte es la madre universal. Mezlcaré tus huesos con los míos, le dice Cintia a su amante. Acepto que las palabras de Cintia no pueden satisfacer a los cristianos ni a todos los que creen en otra vida después de la mierte. Sin embargo ¿Qué habría dicho Francesca si alguien hubiese ofrecido salvarla pero sin Paolo? Creo que habría contestado: escoger el cielo para mí y el infierno para mi amado es escoger al infierno, condenarse dos veces.
Octavio Paz, La llama doble, Mèxico 1994.
Tuesday, July 8, 2008
La Ausencia Beligerante
El peso del patriarca
Para las generaciones ulteriores al 68, la referencia a Octavio Paz no tenía una connotación simplemente literaria: su figura dividía opiniones y convocaba idolatrías o parricidios en muchos que tal vez ni siquiera lo habían leído. Era tal su presencia en la vida pública, tanta polémica generaban sus pronunciamientos, que la simple mención de su nombre podía ser inconveniente en el salón de clases preparatoriano, anticlimática en una comida familiar y de plano desaconsejable para el romance con una progresista. Adoptar una posición a favor o en contra de Paz era parte de los ritos de pasaje y de la formación de identidad de cualquier aspirante a intelectual mexicano. El sólo hecho de poseer sus libros requería una explicación, que muchos eludían intentando fragmentar la obra o la persona, con esas frecuente frases de disculpa-descalificación, como: “Es un buen poeta, ay, pero sus ideas”. Claro, mucho había de caricatura dogmática en la animadversión de la izquierda hacia Paz, aunque también algo de engolamiento en la interpretación paziana del intelectual-sólo-contra-el
-mundo. Lo cierto es que, a lo largo de su trayectoria, la opinión y la influencia de Paz se propagaron por innumerables campos, desde la crítica literaria hasta la ciencia política, pasando por la antropología y las artes plásticas. Ya para su madurez, el peso de Octavio Paz en la cultura mexicana era imponente: su tarea poética y ensayística, así como su trayectoria pública, aspiraban a fungir como un método de lectura de la cultura de su tiempo, un canon artístico y un paradigma de conducta intelectual.
La maduración de la celebridad
Paz rechazó desde su juventud la idea del escritor recluido en la mera esfera literaria y, en sintonía con la figura romántica y con las necesidades de la época posrevolucionaria en que emergió como intelectual, se asumió como una personalidad proteica. Para Paz, el poeta tenía una misión que iba mucho más allá de hacer versos y que convocaba la intuición y la inteligencia, el pragmatismo y el profetismo, para mediar entre diversos campos de la realidad y superar paradojas irreconciliables. No es extraño entonces que el joven Paz se ocupara de los asuntos artísticos e intelectuales más disímiles: escribió poesía, pero también hizo periodismo, crítica, filosofía y, no hay que olvidarlo, mucha política cultural.
La incursión de Paz en la cultura mexicana e hispanoamericana, el ascenso de su influencia, es, en cierto modo, vertiginoso. Pronto logra descollar como una de las cabezas más visibles de una naciente promoción de poetas y se convierte en una suerte de portavoz generacional; apenas veinteañero se codea, en el Congreso de Escritores antifascistas en Valencia, con las grandes figuras literarias del mundo, comienza su fecundo trabajo de revisión de la literatura mexicana e hispanoamericana y participa impetuosamente en la vida literaria y política.
El largo periplo de Paz por Estados Unidos y Europa, que emprende a partir de los años cuarenta, es fundamental para terminar de formar su perfil poético, crítico e intelectual: el conocimiento de otras tradiciones poéticas le da un matiz distinto a su poesía, que no era moderna en el sentido que el propio Paz le daría a este término; su perspectiva crítica con respecto a la tradición artística hispanoamericana se ensancha y se hace más orgánica y su visión de la historia y la identidad mexicana adquiere una nueva articulación desde la distancia. En un tiempo prodigiosamente corto, entre finales de los cuarenta y mediados de los sesenta, se publican libros fundamentales en la obra de Paz. Aparecen Libertad bajo palabra, una reunión orgánica de su obra de temprana madurez, que lo convierte ya no sólo en un poeta notable sino en el comienzo de un paradigma de innovación; se publica El laberinto de la soledad que recoge toda una tradición hispanoamericana de introspección en las historias y almas nacionales y resume el debate en boga sobre la identidad mexicana; se publica El arco y la lira que analiza ambiciosamente la función y estatuto de la poesía moderna; se publican Las peras del olmo y Corriente alterna, libros donde escoge su genealogía crítica, despliega su capacidad prospectiva con respecto a los desarrollos de las artes y los movimientos sociales juveniles y afina su relación peculiar, estrecha y escéptica a la vez, con las novedades intelectuales de su época.
Estos afanes coinciden con un periodo de modernización social y literaria en México y otros países de América Latina: es la etapa de la actualización de las costumbres, el afán cosmopolita, el florecimiento de un mercado cultural incipiente, la generación de nuevas expectativas sociales y culturales y el surgimiento de una camada de artistas desafectos al nacionalismo ancestral. Todo ello contribuye a que, en todos lados, haya un ambiente más propicio para la recepción de las ideas de Paz. En Europa, Paz representa una voz hispanoamericana, moderna y teñida de universalismo; en México, su poderosa vocación, ambición y novedad artística despiertan una corriente de simpatía con muchos de los creadores inconformistas de las generaciones más recientes. Ya hacia fines de los años sesenta, Paz es una presencia esencial en la cultura; sin embargo, su inserción definitiva en la vida pública es indisoluble de su actitud en 1968. Con su renuncia al puesto de embajador en la India en protesta por la represión gubernamental al movimiento estudiantil mexicano del 68, Paz se convierte en un símbolo de la rebeldía, y su personalidad, polémica y vivaz, pero hasta entonces relativamente retraída al campo cultural, incursiona de lleno en el debate público.
El arte de decepcionar
En la cumbre de su prestigio progresista, Paz elude el papel que muchos le destinaban como un líder cultural y político del cambio de régimen y decide permanecer en la trinchera cultural y ejercer una crítica fundamentalmente moral. Desde esa fecha hasta su muerte, Paz decepciona, en la acepción que Jorge Cuesta le daba a este término, lo que sus diversos públicos esperan de él: decepciona a la izquierda que hubiera querido un estratega, capaz de apuntalar con su prestigio la vía revolucionaria; decepciona también a la derecha y al oficialismo con sus proclamas libertarias, con su crítica a la inopia intelectual de la derecha y su disección del sistema político. Por supuesto, hay muchas contradicciones e incongruencias en la pretensión de Paz por mantenerse como una figura ajena a los intereses políticos y capaz de superar y reconciliar las ideologías en pugna. Sin embargo, su efecto sobre la vida pública es netamente benéfico: plantea temas de debate, argumenta con información, inteligencia y vehemencia. Dicen que es colérico e intolerante, pero tiene el mérito de jamás bajar la voz, ni esconder la mano: discute lo mismo el periplo del amor en Occidente que la coyuntura política norteamericana; se sube al cuadrilátero lo mismo para dar argumentos que para repartir coscorrones. Su presencia es un revulsivo permanente en México (aunque alcanza crecientemente otras latitudes) y se hace patente tanto en los grandes debates como en las discusiones más menudas.
Legados
El legado de Paz es tan amplio como disperso. Sin embargo, es posible mencionar algunos de los cauces temáticos más significativos en que esta influencia se manifiesta, a veces de manera subrepticia:
Una obra poética fundamental que cultiva las más diversas formas, dialoga con las distintas tradiciones y apuesta por la experimentación. Dicha obra permanece no sólo por su valor intrínseco sino porque genera un gusto y una manera de leer en Hispanoamérica.
Un canon de la literatura mexicana e hispanoamericana formado a través de una actividad múltiple como historiador, ensayista, antólogo, editor e incluso promotor de nuevos valores, que se integra en una visión orgánica de la tradición.
Una perspectiva de la identidad del mexicano que se convierte en parte significativa de la autoimagen moderna y que también se exporta como el símbolo de la mexicanidad universal en el exterior.
Una labor constante de reflexión sobre la poesía, la cual se refleja en una serie de poéticas, no siempre consistentes ni conectadas entre sí, que buscan definir la función y el estatus de la poesía en la vida contemporánea; establecer una genealogía del movimiento poético moderno y brindar parámetros para la apreciación y juicio de lo que es y no es poesía moderna.
Un acervo de reflexión y pensamiento sobre la política internacional que, pese a la falta de un sistema y un aparato especializado, abunda en intuiciones y se vuelve parte significativa del debate marcado por la Guerra Fría.
Un conjunto de reflexiones sobre la vida política mexicana e hispanoamericana que, nuevamente sin el refinamiento de las especialidades, analiza de manera aguda fenómenos como la naturaleza del sistema político, las limitaciones de la izquierda, el crecimiento del Estado o las perversiones e insuficiencias de la democracia.
Inercias
Muchas de sus perspectivas literarias y políticas se han convertido en patrimonio común y acaso también en lugar común de la percepción de la cultura y el arte en México y otros países. Desgraciadamente, pese a la inmensa bibliografía que existe sobre Paz, todavía muchas de sus ideas se combaten o aceptan de manera casi automática. Piénsese, por mencionar sólo algunos ejemplos, en tres formas de influencia intelectual insuficientemente escrutadas en su pensamiento y su actividad.
Primero, su aproximación a la historia y la caracterología mexicana (y en cierto modo hispanoamericana) expresada inicialmente en El laberinto de la soledad y continuada en Posdata. A partir de una vieja tradición hispanoamericana de autoindagación, Paz tuvo el talento, en el caso mexicano, de resumir una serie de intuiciones inconexas, trabajos académicos, consejas y darles una formulación casi definitiva. El laberinto de la soledad es un libro-emblema que, al mismo tiempo que consolidó la ascendencia de Octavio Paz en la cultura nacional, plasmó en la conciencia colectiva una perspectiva histórica y una figura mítica del mexicano. Con una gran capacidad para sintetizar los dilemas recurrentes de la nación, para mezclar instrumentos analíticos de diversas disciplinas y para crear un género provisto de atractivo y vigor polémico, El laberinto… ingresó a ese selecto grupo de libros que forman la biblioteca básica de un país y que influyen en la creación de un horizonte de significados e imágenes comunes. Sin embargo, como en algún momento lo ha sugerido Roger Bartra en su Jaula de la melancolía, El laberinto…, como gran parte de la literatura sobre la identidad, también incurre en inferencias históricas arbitrarias, en metáforas biológicas caprichosas acerca de los organismos sociales y sobre todo en un ejercicio de mitificación de la nacionalidad que oculta las divisiones y estratificaciones reales. Desgraciadamente, fuera de las aproximaciones pioneras de Jorge Aguilar Mora o del propio Bartra, el discurso sobre la identidad de Paz murió de muerte natural, envejecido por las nuevas realidades, antes que sujeto a un saludable parricidio.
Otro aspecto insuficientemente discutido de la obra de Paz sería su discurso de poética. Paz, como es sabido, no sólo se ocupó de crear un canon doméstico, sino que practicó una indagación de más amplio alcance sobre la expresión poética y la situación de la poesía en la edad moderna y difundió ante un vasto público sus reflexiones en torno a la naturaleza de la experiencia poética (en El arco y la lira), a la identidad y genealogía de la poesía moderna (en Los hijos del limo) y su reflexión sobre el destino de la poesía en una sociedad donde la palabra parece desahuciada (en La otra voz). Esta trama crítica contribuyó a arraigar un mapa y una conciencia de la poesía moderna. Sin embargo, su pensamiento poético, sobre todo cuando es interpretado casi religiosamente por espíritus críticos poco flexibles, también se ha convertido en un dogma que genera exclusiones críticas y que corre el riesgo de disminuir la concepción del valor poético exclusivamente a los rasgos de contemporaneidad, experimentación y ruptura.
Un tercer aspecto de su legado, insuficientemente estudiado, es su personificación de la figura del intelectual, que aún hoy se cataloga ya sea de héroe “independiente” o de celebridad al servicio del dinero y del imperio. Paz es una de las figuras intelectuales más complejas y completas y en su actividad llegó a encarnar arquetipos contradictorios. Paz estaba muy consciente de su papel estelar en la tradición literaria moderna y sabía que sus actitudes y expresiones tendrían una resonancia en la posteridad. Por eso, el interés personal en la construcción de su figura pública y la obsesión por resaltar la congruencia y continuidad de su obra y actitudes, por establecer su lugar en el panteón literario moderno y, en fin, por configurar al personaje, independiente y libertario que, con más cabalidad, encarnó a partir de los años setenta. Sin embargo, es importante no perder de vista las tensiones y contradicciones que caracterizaron este arquetipo intelectual, por ejemplo: reputarse como un lobo solitario y, al mismo tiempo, encabezar un grupo intelectual poderoso con intereses, filias y fobias muy concretas; proclamar la independencia del hombre de letras con respecto al poder y, al mismo tiempo, reclamar para el creador un aparato de bienestar sufragado por el Estado; asumir un paradigma romántico y al mismo tiempo esgrimir, en muchas circunstancias, un descarnado utilitarismo; proclamarse un observador marginal pero, a la vez, ejercer implacablemente el poder literario y aceptar las deferencias de las cortes políticas e intelectuales.
La voluntad de leer
En fin, son muchísimos los vestigios de la obra de Paz en la cultura mexicana que han sido insuficientemente discutidos. La camorra ideológica dificultó una ponderación equilibrada de Paz. Su aplastante prominencia intelectual, su temperamento beligerante y su poder real sin duda hacían sumamente costosa y pobremente retribuida la aventura de criticar su obra si no se pertenecía a otro grupo de poder. Por otro lado, sus adversarios pocas veces mostraron la generosidad y la objetividad para intentar una evaluación equilibrada de las aportaciones y deudas de Paz y muy a menudo se conformaron con las formas más viscerales de descalificación.
Por la naturaleza del conocimiento y del debate público actual, es imposible que algún otro autor pueda ejercer, como lo hizo Paz, una presencia tan amplia y polémica en tantos campos del saber o de la actividad pública. Sin embargo, faltan todavía muchas operaciones críticas para evaluar más adecuadamente el peso de Paz en la cultura mexicana, con todo su vigor, complejidad y contradicciones. La tarea de valorar una obra tan vasta y viva exige el concurso de variadas competencias académicas, requiere de nuevas generaciones de estudiosos pero, sobre todo, precisa la voluntad de volver a leer verdaderamente el legado artístico e intelectual de un autor que todavía está expuesto al vituperio o la condescendencia maquinales.
Para las generaciones ulteriores al 68, la referencia a Octavio Paz no tenía una connotación simplemente literaria: su figura dividía opiniones y convocaba idolatrías o parricidios en muchos que tal vez ni siquiera lo habían leído. Era tal su presencia en la vida pública, tanta polémica generaban sus pronunciamientos, que la simple mención de su nombre podía ser inconveniente en el salón de clases preparatoriano, anticlimática en una comida familiar y de plano desaconsejable para el romance con una progresista. Adoptar una posición a favor o en contra de Paz era parte de los ritos de pasaje y de la formación de identidad de cualquier aspirante a intelectual mexicano. El sólo hecho de poseer sus libros requería una explicación, que muchos eludían intentando fragmentar la obra o la persona, con esas frecuente frases de disculpa-descalificación, como: “Es un buen poeta, ay, pero sus ideas”. Claro, mucho había de caricatura dogmática en la animadversión de la izquierda hacia Paz, aunque también algo de engolamiento en la interpretación paziana del intelectual-sólo-contra-el
La maduración de la celebridad
Paz rechazó desde su juventud la idea del escritor recluido en la mera esfera literaria y, en sintonía con la figura romántica y con las necesidades de la época posrevolucionaria en que emergió como intelectual, se asumió como una personalidad proteica. Para Paz, el poeta tenía una misión que iba mucho más allá de hacer versos y que convocaba la intuición y la inteligencia, el pragmatismo y el profetismo, para mediar entre diversos campos de la realidad y superar paradojas irreconciliables. No es extraño entonces que el joven Paz se ocupara de los asuntos artísticos e intelectuales más disímiles: escribió poesía, pero también hizo periodismo, crítica, filosofía y, no hay que olvidarlo, mucha política cultural.
La incursión de Paz en la cultura mexicana e hispanoamericana, el ascenso de su influencia, es, en cierto modo, vertiginoso. Pronto logra descollar como una de las cabezas más visibles de una naciente promoción de poetas y se convierte en una suerte de portavoz generacional; apenas veinteañero se codea, en el Congreso de Escritores antifascistas en Valencia, con las grandes figuras literarias del mundo, comienza su fecundo trabajo de revisión de la literatura mexicana e hispanoamericana y participa impetuosamente en la vida literaria y política.
El largo periplo de Paz por Estados Unidos y Europa, que emprende a partir de los años cuarenta, es fundamental para terminar de formar su perfil poético, crítico e intelectual: el conocimiento de otras tradiciones poéticas le da un matiz distinto a su poesía, que no era moderna en el sentido que el propio Paz le daría a este término; su perspectiva crítica con respecto a la tradición artística hispanoamericana se ensancha y se hace más orgánica y su visión de la historia y la identidad mexicana adquiere una nueva articulación desde la distancia. En un tiempo prodigiosamente corto, entre finales de los cuarenta y mediados de los sesenta, se publican libros fundamentales en la obra de Paz. Aparecen Libertad bajo palabra, una reunión orgánica de su obra de temprana madurez, que lo convierte ya no sólo en un poeta notable sino en el comienzo de un paradigma de innovación; se publica El laberinto de la soledad que recoge toda una tradición hispanoamericana de introspección en las historias y almas nacionales y resume el debate en boga sobre la identidad mexicana; se publica El arco y la lira que analiza ambiciosamente la función y estatuto de la poesía moderna; se publican Las peras del olmo y Corriente alterna, libros donde escoge su genealogía crítica, despliega su capacidad prospectiva con respecto a los desarrollos de las artes y los movimientos sociales juveniles y afina su relación peculiar, estrecha y escéptica a la vez, con las novedades intelectuales de su época.
Estos afanes coinciden con un periodo de modernización social y literaria en México y otros países de América Latina: es la etapa de la actualización de las costumbres, el afán cosmopolita, el florecimiento de un mercado cultural incipiente, la generación de nuevas expectativas sociales y culturales y el surgimiento de una camada de artistas desafectos al nacionalismo ancestral. Todo ello contribuye a que, en todos lados, haya un ambiente más propicio para la recepción de las ideas de Paz. En Europa, Paz representa una voz hispanoamericana, moderna y teñida de universalismo; en México, su poderosa vocación, ambición y novedad artística despiertan una corriente de simpatía con muchos de los creadores inconformistas de las generaciones más recientes. Ya hacia fines de los años sesenta, Paz es una presencia esencial en la cultura; sin embargo, su inserción definitiva en la vida pública es indisoluble de su actitud en 1968. Con su renuncia al puesto de embajador en la India en protesta por la represión gubernamental al movimiento estudiantil mexicano del 68, Paz se convierte en un símbolo de la rebeldía, y su personalidad, polémica y vivaz, pero hasta entonces relativamente retraída al campo cultural, incursiona de lleno en el debate público.
El arte de decepcionar
En la cumbre de su prestigio progresista, Paz elude el papel que muchos le destinaban como un líder cultural y político del cambio de régimen y decide permanecer en la trinchera cultural y ejercer una crítica fundamentalmente moral. Desde esa fecha hasta su muerte, Paz decepciona, en la acepción que Jorge Cuesta le daba a este término, lo que sus diversos públicos esperan de él: decepciona a la izquierda que hubiera querido un estratega, capaz de apuntalar con su prestigio la vía revolucionaria; decepciona también a la derecha y al oficialismo con sus proclamas libertarias, con su crítica a la inopia intelectual de la derecha y su disección del sistema político. Por supuesto, hay muchas contradicciones e incongruencias en la pretensión de Paz por mantenerse como una figura ajena a los intereses políticos y capaz de superar y reconciliar las ideologías en pugna. Sin embargo, su efecto sobre la vida pública es netamente benéfico: plantea temas de debate, argumenta con información, inteligencia y vehemencia. Dicen que es colérico e intolerante, pero tiene el mérito de jamás bajar la voz, ni esconder la mano: discute lo mismo el periplo del amor en Occidente que la coyuntura política norteamericana; se sube al cuadrilátero lo mismo para dar argumentos que para repartir coscorrones. Su presencia es un revulsivo permanente en México (aunque alcanza crecientemente otras latitudes) y se hace patente tanto en los grandes debates como en las discusiones más menudas.
Legados
El legado de Paz es tan amplio como disperso. Sin embargo, es posible mencionar algunos de los cauces temáticos más significativos en que esta influencia se manifiesta, a veces de manera subrepticia:
Una obra poética fundamental que cultiva las más diversas formas, dialoga con las distintas tradiciones y apuesta por la experimentación. Dicha obra permanece no sólo por su valor intrínseco sino porque genera un gusto y una manera de leer en Hispanoamérica.
Un canon de la literatura mexicana e hispanoamericana formado a través de una actividad múltiple como historiador, ensayista, antólogo, editor e incluso promotor de nuevos valores, que se integra en una visión orgánica de la tradición.
Una perspectiva de la identidad del mexicano que se convierte en parte significativa de la autoimagen moderna y que también se exporta como el símbolo de la mexicanidad universal en el exterior.
Una labor constante de reflexión sobre la poesía, la cual se refleja en una serie de poéticas, no siempre consistentes ni conectadas entre sí, que buscan definir la función y el estatus de la poesía en la vida contemporánea; establecer una genealogía del movimiento poético moderno y brindar parámetros para la apreciación y juicio de lo que es y no es poesía moderna.
Un acervo de reflexión y pensamiento sobre la política internacional que, pese a la falta de un sistema y un aparato especializado, abunda en intuiciones y se vuelve parte significativa del debate marcado por la Guerra Fría.
Un conjunto de reflexiones sobre la vida política mexicana e hispanoamericana que, nuevamente sin el refinamiento de las especialidades, analiza de manera aguda fenómenos como la naturaleza del sistema político, las limitaciones de la izquierda, el crecimiento del Estado o las perversiones e insuficiencias de la democracia.
Inercias
Muchas de sus perspectivas literarias y políticas se han convertido en patrimonio común y acaso también en lugar común de la percepción de la cultura y el arte en México y otros países. Desgraciadamente, pese a la inmensa bibliografía que existe sobre Paz, todavía muchas de sus ideas se combaten o aceptan de manera casi automática. Piénsese, por mencionar sólo algunos ejemplos, en tres formas de influencia intelectual insuficientemente escrutadas en su pensamiento y su actividad.
Primero, su aproximación a la historia y la caracterología mexicana (y en cierto modo hispanoamericana) expresada inicialmente en El laberinto de la soledad y continuada en Posdata. A partir de una vieja tradición hispanoamericana de autoindagación, Paz tuvo el talento, en el caso mexicano, de resumir una serie de intuiciones inconexas, trabajos académicos, consejas y darles una formulación casi definitiva. El laberinto de la soledad es un libro-emblema que, al mismo tiempo que consolidó la ascendencia de Octavio Paz en la cultura nacional, plasmó en la conciencia colectiva una perspectiva histórica y una figura mítica del mexicano. Con una gran capacidad para sintetizar los dilemas recurrentes de la nación, para mezclar instrumentos analíticos de diversas disciplinas y para crear un género provisto de atractivo y vigor polémico, El laberinto… ingresó a ese selecto grupo de libros que forman la biblioteca básica de un país y que influyen en la creación de un horizonte de significados e imágenes comunes. Sin embargo, como en algún momento lo ha sugerido Roger Bartra en su Jaula de la melancolía, El laberinto…, como gran parte de la literatura sobre la identidad, también incurre en inferencias históricas arbitrarias, en metáforas biológicas caprichosas acerca de los organismos sociales y sobre todo en un ejercicio de mitificación de la nacionalidad que oculta las divisiones y estratificaciones reales. Desgraciadamente, fuera de las aproximaciones pioneras de Jorge Aguilar Mora o del propio Bartra, el discurso sobre la identidad de Paz murió de muerte natural, envejecido por las nuevas realidades, antes que sujeto a un saludable parricidio.
Otro aspecto insuficientemente discutido de la obra de Paz sería su discurso de poética. Paz, como es sabido, no sólo se ocupó de crear un canon doméstico, sino que practicó una indagación de más amplio alcance sobre la expresión poética y la situación de la poesía en la edad moderna y difundió ante un vasto público sus reflexiones en torno a la naturaleza de la experiencia poética (en El arco y la lira), a la identidad y genealogía de la poesía moderna (en Los hijos del limo) y su reflexión sobre el destino de la poesía en una sociedad donde la palabra parece desahuciada (en La otra voz). Esta trama crítica contribuyó a arraigar un mapa y una conciencia de la poesía moderna. Sin embargo, su pensamiento poético, sobre todo cuando es interpretado casi religiosamente por espíritus críticos poco flexibles, también se ha convertido en un dogma que genera exclusiones críticas y que corre el riesgo de disminuir la concepción del valor poético exclusivamente a los rasgos de contemporaneidad, experimentación y ruptura.
Un tercer aspecto de su legado, insuficientemente estudiado, es su personificación de la figura del intelectual, que aún hoy se cataloga ya sea de héroe “independiente” o de celebridad al servicio del dinero y del imperio. Paz es una de las figuras intelectuales más complejas y completas y en su actividad llegó a encarnar arquetipos contradictorios. Paz estaba muy consciente de su papel estelar en la tradición literaria moderna y sabía que sus actitudes y expresiones tendrían una resonancia en la posteridad. Por eso, el interés personal en la construcción de su figura pública y la obsesión por resaltar la congruencia y continuidad de su obra y actitudes, por establecer su lugar en el panteón literario moderno y, en fin, por configurar al personaje, independiente y libertario que, con más cabalidad, encarnó a partir de los años setenta. Sin embargo, es importante no perder de vista las tensiones y contradicciones que caracterizaron este arquetipo intelectual, por ejemplo: reputarse como un lobo solitario y, al mismo tiempo, encabezar un grupo intelectual poderoso con intereses, filias y fobias muy concretas; proclamar la independencia del hombre de letras con respecto al poder y, al mismo tiempo, reclamar para el creador un aparato de bienestar sufragado por el Estado; asumir un paradigma romántico y al mismo tiempo esgrimir, en muchas circunstancias, un descarnado utilitarismo; proclamarse un observador marginal pero, a la vez, ejercer implacablemente el poder literario y aceptar las deferencias de las cortes políticas e intelectuales.
La voluntad de leer
En fin, son muchísimos los vestigios de la obra de Paz en la cultura mexicana que han sido insuficientemente discutidos. La camorra ideológica dificultó una ponderación equilibrada de Paz. Su aplastante prominencia intelectual, su temperamento beligerante y su poder real sin duda hacían sumamente costosa y pobremente retribuida la aventura de criticar su obra si no se pertenecía a otro grupo de poder. Por otro lado, sus adversarios pocas veces mostraron la generosidad y la objetividad para intentar una evaluación equilibrada de las aportaciones y deudas de Paz y muy a menudo se conformaron con las formas más viscerales de descalificación.
Por la naturaleza del conocimiento y del debate público actual, es imposible que algún otro autor pueda ejercer, como lo hizo Paz, una presencia tan amplia y polémica en tantos campos del saber o de la actividad pública. Sin embargo, faltan todavía muchas operaciones críticas para evaluar más adecuadamente el peso de Paz en la cultura mexicana, con todo su vigor, complejidad y contradicciones. La tarea de valorar una obra tan vasta y viva exige el concurso de variadas competencias académicas, requiere de nuevas generaciones de estudiosos pero, sobre todo, precisa la voluntad de volver a leer verdaderamente el legado artístico e intelectual de un autor que todavía está expuesto al vituperio o la condescendencia maquinales.
Un poète engagé dans le devenir de la société et du monde

Nous ne nous sommes pas habitúes à ne plus croiser son regard si direct, si franc, à ne plus entendre son rire. Et aux moments où la société décide de son destin nous regrettons de ne plus pouvoir prendre son avis, lui dont la pensée était tojours si informée, si intelligent, si éclairante. Il y a deux sortes de poètes. Les uns et les autres savent que le meilleur de la poésie, c'est de se refuser aux idées convenues, aus représentations stéréotypées, pour apercevoir au-delà la grande réalité indéfaite dont nous-mêmes sommes un part. Mais les uns ne songent qu'à transgresser le discours ordinaire, ils s'èpusient dans ces dénis, ils sont le negatif avec une violence constante, je pense par example à Antonin Artaud. Et les autres ne se refusent aux représentations appauvrissantes, ne se portent vers l'unité, au-delà qu'en desirant revenir vers notre réalité quotidienne pour l'éclairer de leurs découvertes, pour lui assurer un meilleure santé. Sachant faire le négatif, ils n'oublient pas pour autant qu'il y a du positif à dégager, à répandre. Vérité de Rimbaud, vérité d'Andre Breton: les plus haut de la poésie. Et vérité aussi d 'Octavio! Octavio Paz fut èminemment un de ces poètes, grands en cela, qui savent qu'au travail du négatif la poésie doit adjoindre un expérience du positif, une reconnaisssance de ce que l'existence peut avoir de plein, un project de "changer la vie¨ pour qu'elle soit plus équilibrée, plus heureuse. Et c'est pourquoi il lui était naturel, et même facile, d'être à la fois celui qui écrit des poèmes avec toutes les ressources de l'écriture, puisant au plus secret du langage, et l'observateur attentif des façons d'être des autres, que ceux-ci soient de grands mystiques, des individus d'exception, ou les représentants de la société la plus ordinaire en ses besoins légitimes. Qu' est ce qu' être ainsi celui qui critique les discours stéreotypés mensongers, mais également celui qui sait reconnaitre la qualité inhérente à la vie humaine, en dépit des aberrations dans lesquelles les idéologies du XXème siècle et du notre l'ont entrainée, pour notre malheur à tous? c'est èvidemment etre par excellence, un politique, un etre fait pur guider, pour gérer, le groupe social autant que pour lui offrir dans des oeuvres faites de mots des exemples indéfiniment méditables. Octavio Paz était de cette espèce rare, aussi rare que bénéfique: un poète citoyen, un poète engagé dans le devenir de la société et du monde. Un de ceux dont le besoin se fait de plus en plus ressentir, hélas, en ce début aujourd'hui d'une ère nouvelle. Et c'est pourquoi aussi il est présent si souvent dans notre pensée et dans nos coeurs.
Yves Bonnefoy.
Yves Bonnefoy.
Monday, July 7, 2008
Fragmento "Piedra de Sol"

una presencia como un canto súbito,
como el viento cantando en el incendio,
una mirada que sostiene en vilo
al mundo con sus mares y sus montes,
cuerpo de luz filtrado por un ágata,
piernas de luz, vientre de luz, bahías,
roca solar, cuerpo color de nube,
color de día rápido que salta,
la hora centellea y tiene cuerpo,
el mundo ya es visible por tu cuerpo,
es transparente por tu transparencia,
voy entre galerías de sonidos,
fluyo entre las presencias resonantes,
voy por las transparencias como un ciego,
un reflejo me borra, nazco en otro,
oh bosque de pilares encantados,
bajo los arcos de la luz penetro
los corredores de un otoño diáfano,
voy por tu cuerpo como por el mundo,
tu vientre es una plaza soleada,
tus pechos dos iglesias donde oficia
la sangre sus misterios paralelos,
mis miradas te cubren como yedra,
eres una ciudad que el mar asedia,
una muralla que la luz divide
en dos mitades de color durazno,
un paraje de sal, rocas y pájaros
bajo la ley del mediodía absorto,
vestida del color de mis deseos
como mi pensamiento vas desnuda,
voy por tus ojos como por el agua,
los tigres beben sueño de esos ojos,
el colibrí se quema en esas llamas,
voy por tu frente como por la luna,
como la nube por tu pensamiento,
voy por tu vientre como por tus sueños
Octavio Paz
México 1957
Carta # 38 y Carta # 39

EMBAJADA DE LOS ESTADOS UNIDOS MEXICANOS EN FRANCIA
París a 16 de Noviembre de 1950
Sr. Don Alfonso Reyes,
México D.F.
Muy querido don Alfonso:
Sus líneas me quitaron un peso de encima. Ojalá que el libro se haya vendido un poco, de modo que nadie pierda. Y, de nuevo ¡Gracias!
Ha sido usted tan generoso conmigo que no sé si deba confiarle que tengo un pequeño libro (El Arco y la Lira), del que creo haberle hablado alguna vez. Se trata de unas 75 páginas poemas en prosa, cuentecillos, etc. Me gustaría saber si Tezontle puede publicarlo. Cuento con algunos dibujos de Tamayo, de modo que podría hacerse una bonita edición.
A propósito de Tamayo: su exposición ha tenido un gran éxito. Aquí se le considera como "uno de los grandes pintores de nuestro tiempo. El pleito entre los del pincel va a ser sonado, como usted imaginará conociendo a sus rivales.
Una vez más: perdone este abuso de confianza.
Pero usted mismo tiene la culpa, porque me anima...
Suyo con admiración y afecto,
Octavio Paz.
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París a 16 de Noviembre de 1950
Sr. Don Alfonso Reyes,
México D.F.
Muy querido don Alfonso:
Sus líneas me quitaron un peso de encima. Ojalá que el libro se haya vendido un poco, de modo que nadie pierda. Y, de nuevo ¡Gracias!
Ha sido usted tan generoso conmigo que no sé si deba confiarle que tengo un pequeño libro (El Arco y la Lira), del que creo haberle hablado alguna vez. Se trata de unas 75 páginas poemas en prosa, cuentecillos, etc. Me gustaría saber si Tezontle puede publicarlo. Cuento con algunos dibujos de Tamayo, de modo que podría hacerse una bonita edición.
A propósito de Tamayo: su exposición ha tenido un gran éxito. Aquí se le considera como "uno de los grandes pintores de nuestro tiempo. El pleito entre los del pincel va a ser sonado, como usted imaginará conociendo a sus rivales.
Una vez más: perdone este abuso de confianza.
Pero usted mismo tiene la culpa, porque me anima...
Suyo con admiración y afecto,
Octavio Paz.
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México D.F, a 21 de Noviembre de 1950
Sr Don Octavio Paz,
Embajada de México
9 Rue de Longchamp.
París
Francia.
Octavio querido:
Mucho celebro el éxito de Tamayo, aunque todo éxito en nuestra tierra trae amarguras.
Sí mándeme este librito de que me habla: ya veremos lo que hacemos. Nada es imposible cuando hay voluntad y cuando no se piden imposibles.
Un abrazo muy afectuoso
Alfonso Reyes.
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